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Aviso: se emplea en este blog, ocasionalmente, el neutro o masculino (acabado en -o) en los términos que admiten ambos géneros, sin que ese uso gramatical esconda una discriminación sexista sino porque, dado que la lengua castellana no proporciona expresiones neutras para indicar ambos sexos, así se evita la tediosa lectura que podría suponer el uso de ambos términos en todas las ocasiones (niño/a, los hombres y mujeres, los alumnos y las alumnas, etc.)

13/9/18

Cuando los sentidos duelen. El País.






Cuando los sentidos duelen.
Aminie Flippi

Artículo del 03/09/2018 en El País, que puede encontrar AQUÍ, en el que entrevistan a nuestra asesora y colaboradora Sabina Barrios, de OcupaTEA, terapeuta ocupacional y profesora en la universidad de Extremadura (1).
Getty.
¿A tu hijo le molestan demasiado los ruidos, los olores o la luz? O, por el contrario, cuando se pega ¿no siente dolor? Puede que tenga dificultades de procesamiento sensorial. Vestirnos, un abrazo de buenos días, el rayito de sol que nos despierta por la mañana a través de la ventana o salir a un restaurante o una fiesta de cumpleaños pueden ser gestos que a la mayoría, como padres, nos parecen habituales y sencillos. Sin embargo, pueden llegar a ser un auténtico calvario para los niños que tienen dificultades de procesamiento sensorial, a veces llamadas Trastorno del Procesamiento Sensorial (TPS). Integrar lo que vemos, oímos, olemos...
   La integración sensorial “es un proceso neurobiológico que hace que registremos, organicemos y respondamos a los estímulos a través de los sentidos”, nos explica Verónica Alonso, terapeuta ocupacional del centro de terapia infantil Creare. Si bien todas las personas procesamos los estímulos externos de forma diferente, hay niños en quienes esta integración no se desarrolla adecuadamente, lo que les produce problemas en la manera en que responden a la información captada a través de la vista, olfato, tacto, oído y gusto, percibiendo las sensaciones de manera distorsionada. Esta alteración afecta su vida cotidiana e impacta bastante sobre el nivel de alerta y atención, autorregulación, aprendizaje y su relación con sus entornos habituales como la casa, el parque, el cole,... En definitiva, en su día a día.


Hipersensibles e hiposensibles.
Hay niños que necesitan mucha más estimulación para elaborar una respuesta y otros que solo unas lucecillas o el olor de una colonia pueden causarles extrema molestia o, incluso, dolor. Quienes sufren estas dificultades pueden presentar una excesiva sensibilidad de sus sentidos, ser carentes de ella o navegar entre ambas. Por lo general, los niños hipersensibles, cuyo umbral (cantidad de estímulo para elaborar una respuesta) es muy bajo, reaccionan rápidamente y desean evitar lo que les molesta (lo que se conoce como evasión sensorial). Los hiposensibles, a diferencia de los anteriores, buscan más estimulación (búsqueda sensorial), ya que su umbral es muy alto y necesitan mayor cantidad de estímulo para reaccionar. En su caso, pueden querer presionar más todo lo que tocan, llegando a veces a apretarlo fuertemente. Puede que también tengan una tolerancia al dolor muy alta, lo que es un arma de doble filo, ya que no se dan cuenta cuando se hieren al caerse, por ejemplo, porque no les duele. De la misma manera, no entienden cuando están lastimando a otros, sin querer durante el juego. Para comprenderlo mejor, si imaginamos lo que sentimos al tocar un horno caliente, nos acercaremos a cuál es la sensación de un niño hipersensible cuando se pone una prenda de ropa o su piel toca la etiqueta. O cuando vamos a un concierto y la música está a un volumen elevado, puede ser más o menos la percepción que tiene un niño hipersensible al sonido, cuando le hablamos normalmente. En el lado opuesto, un niño hiposensible, en el caso del horno caliente, correría el riesgo de quemarse ya que, al no registrar dolor o tardar mucho en detectarlo, seguramente no retiraría la mano a tiempo.


¿Cómo podemos detectarlo?
La terapeuta ocupacional de Creare nos guía por algunos de los síntomas que podemos observar en caso de sospechar dificultades del procesamiento sensorial en nuestro hijo: poca conciencia del esquema corporal, torpeza motora, dificultades de atención y en la escritura, problemas de sueño, rechazo a ciertos alimentos debido a su textura, demasiada actividad o muy poca, problemas para aprender a montar en bici, atarse cordones o usar los cubiertos, tendencia inusual a trepar, saltar o tirarse al suelo”. Además, si notamos que a nuestro hijo le molesta exageradamente la luz o los ruidos de la calle o no se inmuta al hacerse una herida también son una pista. Verónica nos advierte que los signos suelen ser engañosos, porque podrían corresponder a otros diagnósticos.

Se estima que cerca de un 3% de los niños está afectado por dificultades de procesamiento sensorial y son especialmente habituales en niños con Trastorno de Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) y Trastorno de Espectro Autista (TEA). En ambos casos, pueden ser muy sensibles o muy poco sensibles a la información sensorial. O puede que no respondan a la información sensorial, como ser tocados en el hombro, por ejemplo. Sin embargo, hay que matizar que las dificultades del procesamiento sensorial pueden ser un diagnóstico por sí solas, aunque a menudo coexisten con estas dos condiciones:
   1) TDAH. En la web de Fundación Cantabria Ayuda al Déficit de Atención e Hiperactividad (CADAH) indican que según evaluaciones de terapeutas ocupacionales especializados en integración sensorial muchos niños diagnosticados con TDAH son hipersensibles al tacto, por ejemplo. Además, que en un estudio con niños diagnosticados con TPS o TDAH, se encontró que el 60% de dichos niños padecía en realidad ambos trastornos.
   2) TEA.
 En el libro El cerebro autista (RBA), Temple Grandin, una mujer con Trastorno del Espectro Autista quien se convirtió en los años 60 en una de las científicas más brillantes de su tiempo, cita los datos de Walker y Whelan, que señalan que un 80% de los niños con TEA tiene hipersensibilidad al tacto, 87%, al sonido, 86% problemas visuales y 30% tiene problemas de sensibilidad del olfato o el gusto.



La dieta sensorial: una ayuda para la vida cotidiana.
La experta de Creare nos cuenta que una de las herramientas que trabaja la terapia ocupacional en estos niños, es la dieta sensorial, que consiste en “aportar, en el día a día diaria, la cantidad necesaria de estímulo sensorial al niño para que sus respuestas sean adaptadas. Es decir, una serie de actividades para que los niños se puedan ir regulando la intensidad de las sensaciones y, a la vez, ganando autonomía y participación en sus rutinas. Por ejemplo, que una caricia no le resulte dolorosa o que el ruido de una clase normal no sea demasiado molesto para él”, indica la especialista. Por lo tanto, una dieta sensorial puede ser un excelente recurso para organizar el sistema nervioso dentro de las rutinas del niño, sin que el exceso o déficit de sensibilidad interfieran ni angustien o frustren al niño.
7 claves de una dieta sensorial.
Es importante destacar que cada una de estas actividades tienen su razón de ser. Por eso ha de ser el terapeuta ocupacional el profesional que elabore la dieta sensorial adecuada para cada niño y cada necesidad (“una solución para un niño, puede no serlo para otro”). Es imprescindible contar con la colaboración de las familias y los profesores, que son quienes podrán aportar el conocimiento que tienen del niño y lo acompañan en sus rutinas. Así se podrá descubrir qué información busca o evita el niño. Algunas de las claves que contienen las dietas sensoriales son:
   1. Cuando se saben los desencadenantes de una dificultad de integración sensorial, es más fácil elaborar una dieta sensorial, con elementos que minimicen la tensión y frustración.
   2. La antelación es un factor muy importante. Si preparamos al niño contándole su rutina, calmaremos su ansiedad y dejará de pensar que va a suceder algo que le molesta. Así reducimos su estrés y evitamos que sufra por adelantado.
   3. Desde Ocupatea, Sabina Barrios, diplomada en Terapia Ocupacional, doctora y profesora en la Universidad de Extremadura, y especialista en Integración Sensorial nos cuenta que entre las estrategias que se pueden incluir en una dieta sensorial, destacan las que ayudan a tranquilizar al niño o a estimularlo, según su estado de alerta esté alto o bajo. También una dieta sensorial cuenta con apoyos o fidgets (elementos para que los niños tengan un poco de movimiento si lo necesitan) y kits antiestrés con pelotitas de goma, tapones o cascos, música relajante, masilla o plastilina...
   4. Hay adaptaciones que podemos establecer en los espacios habituales: un asiento ergonómico, con cojín de aire, poner una banda elástica en las patas de una silla para que el niño tenga más libertad de movimiento, aún sentado, una almohadilla con peso para poner sobre las piernas, alejarlo de la ventana, puertas o luces intensas...
   5. Dar lugar a unos descansos sensoriales o tiempos en los que el niño puede hacer una pausa, le permitirá detenerse en la actividad que esté haciendo y volver a regularse de tal manera que se pueda adaptar al medio.
   6. También es buena idea incluir un refugio sensorial, que es un lugar donde el niño puede acudir incondicionalmente cuando se sienta abrumado, molesto, enfadado o asustado. Un tipi, por ejemplo, donde haya elementos que le ayuden a autorregularse. Allí puede estar su kit antiestrés.
   7. Conviene tener muy en cuenta que cada día supone un desafío para un niño con estas dificultades. Una dieta sensorial realizada por un terapeuta ocupacional puede permitir que los niños afectados puedan aprender, socializar y disfrutar de su vida cotidiana.

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(1) Sabina Barrios Fernández. 
Licenciada en Ciencias del Deporte. Diplomada en Terapia Ocupacional.
Doctora y Profesora en la Universidad de Extremadura.
Editora del blog Ocupa-TEA