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22/2/19

Los y las niños y jóvenes tienen más problemas y carencias afectivas de las que muchos imaginan.




Cuando los amigos, amigas y conocidos o conocidas de mis hijos tienen problemas (de cuslquier índole) mis ratones acuden a mí y me piden que les diga qué pueden aconsejarles, para ayudar, porque ellos/as no tienen el apoyo de sus padres o no tienen confianza con ellos.
Entiendo que recurren a mí porque en mí sí confían y son conscientes de mi apoyo incondicional para cualquier problema o dificultad que se les presente. Llegar a este punto ha costado mucho tiempo, esfuerzo y voluntad pir ambas partes y, entre otras cosas, he tenido que aplicar disciplina con justicia, dejando siempre muy claro a qué se debe un castigo, en qué consiste y cuánto va a durar (explicando por qué); he tenido que demostrar que ante un problema pueden recurrir a mí para ver entre todos a qué se debe, buscar soluciones, etc. y les he demostrado que por mala que sea prefiero que me digan la verdad a que me mientan.


Todo este trabajo educativo ha dado sus frutos. Por un lado me siento muy orgullosa de haber logrado tal nivel de confianza entre mis hijos y yo y, por otro lado, me da mucha pena que haya tantos menores sin nadie a quien recurrir y que no sepan dónde ni cómo pedir ayuda. Y es que no es una vez, o dos, las que uno de mis hijos ha venido a contarme que tal persona tiene tal problema y querría que le ayudara a encontrar una solución o que le explicara qué hacer para que no vaya a peor.


En general los menores de hoy día son una generación sin recursos, poco resolutiva y con muchas carencias informativas y afectivas. Tenemos que cambiar esto.



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