7/10/15

El estigma del Síndrome de Solomon


"La conformidad es el proceso por medio del
cual los miembros de un grupo social
cambian sus pensamientos, decisiones y
comportamientos para encajar con
la opinión de la mayoría”
(Solomon Asch).


   Se podría decir que el Síndrome de Solomon es un trastorno que tiene como particularidad que la persona que lo padece evita destacar o sobresalir por encima de las otras personas, por encima de un grupo, debido a la presión que dicho grupo ejerce sobre él por distintos motivos. En la jerga del desarrollo personal se dice que padecemos el síndrome de Solomon cuando tomamos decisiones o adoptamos comportamientos para evitar sobresalir, destacar o brillar en un grupo social determinado y también cuando nos boicoteamos para no salir del camino trillado por el que transita la mayoría. Este trastorno se basa en el miedo creciente a sobresalir o llamar la atención en exceso tan sólo para poder encajar en cierto grupo o para no incomodar a los presentes con el talento que a ellos les hace falta. La envidia, la baja autoestima y la crítica de parte de otros son sus principales alentadores.
   De forma inconsciente, muchos tememos llamar la atención en exceso –e incluso triunfar– por miedo a que nuestras virtudes y nuestros logros ofendan a los demás. Esta es la razón por la que en general sentimos un pánico atroz a hablar en público. No en vano, por unos instantes nos convertimos en el centro de atención. Y al exponernos abiertamente, quedamos a merced de lo que la gente pueda pensar de nosotros, dejándonos en una posición de vulnerabilidad. Hablar sobre el Síndrome de Solomon es hablar de la importancia del miedo a destacar, es hablar de la presión que ejerce el grupo sobre determinados alumnos que sobresalen en el aula por su esfuerzo, sus conocimientos y sus valores.
   El síndrome de Solomon pone de manifiesto el lado oscuro de nuestra condición humana. Por una parte, revela nuestra falta de autoestima y de confianza en nosotros mismos, creyendo que nuestro valor como personas depende de lo mucho o lo poco que la gente nos valore. Y por otra, constata una verdad incómoda: que seguimos formando parte de una sociedad en la que se tiende a condenar el talento y el éxito ajenos. Aunque nadie hable de ello, en un plano más profundo está mal visto que nos vayan bien las cosas. Y más ahora, en plena crisis económica, con la precaria situación que padecen millones de ciudadanos.



   El psicólogo estadounidense Solomon Asch realizó en 1951 un experimento sobre la conducta humana, fascinante, sobre el miedo a ser el elemento discordante de un grupo. Ese temor sienta las bases de una patología conocida como Síndrome de Solomon y que describe cómo, para muchos, la presión de la sociedad sigue siendo un obstáculo insalvable.  Es un hecho que la condición humana ha tenido un miedo inherente a destacar y a sobresalir por encima de un grupo por lo que supone de diferenciación y por el peligro de exclusión que lleva implícito. Sobresalir en un grupo sólo será posible con una correcta gestión de las emociones.
   Las personas afectadas por el síndrome de Solomon tienen baja autoestima y también falta de confianza en sí mismas, lo que les lleva a evaluarse según las valoraciones de su propio entorno y no según sus propias apreciaciones. El miedo a que nuestras virtudes brillen por encima de las de los demás y estos se vean ofendidos por ello es uno de los pilares de este trastorno psicológico. A día de hoy, el estudio de Asch sigue fascinando a las nuevas generaciones de investigadores de la conducta humana y la conclusión es unánime: estamos mucho más condicionados de lo que creemos. Los seres humanos, en el fondo, no somos libres para decidir nuestro propio camino en la vida porque nuestra sociedad tiende a demonizar el éxito de los demás y, este acto con base en la envidia, tiene unas consecuencias muy claras: somos menos libres de lo que pensamos porque estamos muy condicionados por el entorno.



   Este trastorno se caracteriza porque el individuo toma decisiones o lleva a cabo conductas evitando destacar o sobresalir por encima de los demás, es decir, sobre el entorno social que le rodea. Este comportamiento tan determinado lleva a algunas personas a ponerse obstáculos a sí mismas con objeto de continuar en la senda de la mayoría porque está mal visto que nos vaya todo bien y, al final, esta actitud, generalizada en el ser humano, lleva a los individuos a fijarse más en las carencias que en las virtudes. Desear algo que no tenemos y sí tiene otro, provoca que el complejo de inferioridad esté solo a un paso al darle un lugar destacado a nuestras frustraciones -en vez de a nuestras fortalezas- y que nos cueste más alegrarnos de las cosas buenas que les suceden a los demás. Bajo el embrujo de la envidia somos incapaces de alegrarnos de las alegrías ajenas. De forma casi inevitable, estas actúan como un espejo donde solemos ver reflejadas nuestras propias frustraciones. Sin embargo, reconocer nuestro complejo de inferioridad es tan doloroso, que necesitamos canalizar nuestra insatisfacción juzgando a la persona que ha conseguido eso que envidiamos. Solo hace falta un poco de imaginación para encontrar motivos para criticar a alguien.



   El experimento:
   En 1951 Solomon Asch fue a un instituto para realizar una prueba de visión. Al menos eso es lo que les dijo a los 123 jóvenes voluntarios que participaron –sin saberlo– en un experimento sobre la conducta humana en un entorno social. El experimento era muy simple. En una clase de un colegio se juntó a un grupo de siete alumnos, los cuales estaban compinchados con Asch. Mientras, un octavo estudiante entraba en la sala creyendo que el resto de chavales participaban en la misma prueba de visión que él. Haciéndose pasar por oculista, Asch les mostraba tres líneas verticales de diferentes longitudes, dibujadas junto a una cuarta línea. De izquierda a derecha, la primera y la cuarta medían exactamente lo mismo. Entonces Asch les pedía que dijesen en voz alta cuál de entre las tres líneas verticales era igual a la otra dibujada justo al lado. Y lo organizaba de tal manera que el alumno que hacía de cobaya del experimento siempre respondiera en último lugar, habiendo escuchado la opinión del resto de compañeros.  La respuesta era tan obvia y sencilla que apenas había lugar para el error. Sin embargo, los siete estudiantes compinchados con Asch respondían uno a uno la misma respuesta incorrecta. Para disimular un poco, se ponían de acuerdo para que uno o dos dieran otra contestación, también errónea. Este ejercicio se repitió 18 veces por cada uno de los 123 voluntarios que participaron en el experimento. A todos ellos se les hizo comparar las mismas cuatro líneas verticales, puestas en distinto orden. Cabe señalar que solo un 25% de los participantes mantuvo su criterio todas las veces que les preguntaron; el resto se dejó influir y arrastrar al menos en una ocasión por la visión de los demás. Tanto es así, que los alumnos cobayas respondieron incorrectamente más de un tercio de las veces para no ir en contra de la mayoría. Una vez finalizado el experimento, los 123 alumnos voluntarios reconocieron que distinguían perfectamente qué línea era la correcta, pero que no lo habían dicho en voz alta por miedo a equivocarse, al ridículo o a ser el elemento discordante del grupo.



   El Síndrome de Solomon en el aula:
   Hay alumnos que padecen una baja autoestima y temen destacar porque relacionan el éxito escolar con la marginación del grupo o parte del grupo clase. Lo que pasa en el aula en muchas ocasiones es un reflejo de lo que sucede en la sociedad, de ahí que sea tan importante trabajar con los alumnos la importancia de una correcta gestión de las emociones que les permita destacar por lo que saben, lo que aprenden y lo que enseñan al resto del grupo. Se trata de que estos alumnos no se sientan vulnerables frente a la posible presión que ejerce un grupo clase debido a la envidia, la burla, la marginación o la amenaza.
   Es imprescindible que los docentes, a partir de la observación, tomen conciencia de las fortalezas y debilidades del grupo y promuevan la conciencia grupal. Es recomendable realizar dinámicas en el aula para reforzar los lazos de unión entre todos los alumnos y promover el refuerzo positivo incondicional. Hay que aprender a premiar el esfuerzo, y hacerlo a través de la palabra, verbalizando y tomando conciencia ante un logro de un alumno.
También hay que premiar el error porque hay que hacer ver a los alumnos que se puede destacar desde el error y que el error es una forma más de aprendizaje. También es recomendable fomentar el cooperativismo a través de los grupos de trabajo o aprendizaje cooperativo. Mediante esta metodología los alumnos aprenden el valor y la importancia de la ayuda mutua.
El docente debe fomentar la resiliencia, que permite al alumno asumir con flexibilidad situaciones que le ponen al límite y ganar autoconfianza, y debe también potenciar la asertividad ya que ser asertivos consiste en decir lo que uno piensa sin la necesidad de gritar ni ofender al otro.
   Se trata, por tanto, de que los alumnos tomen conciencia de que sobresalir en esta sociedad es algo positivo porque se fundamenta en la cultura del esfuerzo y de la honestidad. Es fundamental que aprendan a admirar las cualidades de sus compañeros, valoren su esfuerzo y sean capaces de verbalizarlo de forma asertiva. Hay que desterrar el miedo a destacar en las aulas y promover una cultura del reconocimiento, del esfuerzo constante y diario donde los méritos individuales puedan trascender al grupo clase.





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Fuentes:   
http://www.muyinteresante.es/salud/articulo/el-estigma-del-sindrome-de-solomon-391439463386
http://elpais.com/elpais/2013/05/17/eps/1368793042_628150.html
http://451efe.mx/index.php/colaboradores?catid=0&id=34