5/3/16

La atención temprana y la intervención durante la infancia.

La Atención Temprana está universalmente reconocida como un conjunto de acciones que se orientan hacia la prevención y la intervención asistencial de los niños que se encuentran en situaciones de riesgo o que presentan alguna discapacidad. Pero, a la vez, es un conjunto de intervenciones con el que se actúa para poder garantizar las condiciones y la respuesta familiar ante estas circunstancias en los diferentes entornos vitales.

La atención temprana ha de planificar, canalizar y responder eficazmente ante la infancia y ante las familias porque los trastornos del desarrollo tienen gran trascendencia individual, familiar y social.

Los poderes públicos han de ofrecer una respuesta que evite, en lo posible, las discriminaciones y limitaciones subsiguientes a los problemas que sufren los niños con discapacidad o con riesgo de padecerlas y sus familias. El compromiso de nuestra sociedad con la protección a la infancia, especialmente con aquellos grupos que están en riesgo de sufrir alteraciones en su desarrollo, además de ser un exponente inequívoco de progreso y de solidaridad, ha de involucrar a todos los sectores sociales. Se garantiza de este modo la compensación de las desigualdades individuales y el derecho a alcanzar un desarrollo evolutivo lo más normalizado posible y una vida plena e independiente.

Todos los tratamientos y programas de intervención empiezan con una extensa evaluación de las deficiencias y habilidades del niño, en el contexto de una evaluación multidisciplinar, que incluya valoraciones de la historia comportamental (o psiquiátrica) y su situación actual, su funcionamiento neuropsicológico, sus patrones de comunicación (en especial el uso del lenguaje con el propósito de interaccionar socialmente, o pragmático), y su funcionamiento adaptativo (en particular su habilidad para convertir su potencial en competencia real a la hora de enfrentarse a las demandas de la vida diaria). La formulación final debería incluir una descripción de los déficits y habilidades en estas diferentes áreas. El asignar un diagnóstico real debería ser el último paso de la evaluación.

El abordaje de la intervención depende de cada caso concreto, según las necesidades, características y prioridades de cada persona. La intervención más eficaz hasta el momento presente es la psicoeducativa y debe ser multidisciplinar. El objetivo básico de la intervención es mejorar en las áreas deficitarias; tales como el lenguaje, comunicación e interacción social; aunque puede haber objetivos previos en determinados casos (rabietas muy persistentes y autoagresiones). Lo más difícil de conseguir es que la persona que va a intervenir llegue a ser una persona significativa para el SA, alguien con el que pueda comunicarse.

La persona que intervenga tiene que llegar a convertirse en un reforzador gratificante. Un programa base ha de configurar secuencias fáciles de comprender, de predecir y muy ordenadas, establecer límites claros y proponer gradualmente la gratificación, utilizar refuerzos (positivos cuando el niño hace algo bien y negativos cuando deja de hacerlos), programar todo lo que se va a hacer, mantener relaciones estables, dar siempre instrucciones y consignas claras y simples, programar sesiones breves y mantener una actitud directiva. Independientemente del programa que sigamos, es importante recordar que siempre va a ser a largo plazo. Hay que estudiar cada caso concreto y valorar todos los factores.

En los actuales planteamientos la cuestión no es qué puedo hacer cuando la persona presenta una determinada conducta o cómo puedo conseguir que pare determinado comportamiento (enfoque patológico o reactivo). La cuestión consiste en averiguar qué tengo que enseñarle a esa persona cuando no está realizando esa conducta o qué quiero que haga en determinada situación, en vez de la conducta mostrada (enfoque constructivo o proactivo). Esto significa que la educación es el mejor procedimiento de intervención o, en otras palabras, que la intervención no consiste en qué hacer cuando la conducta ha ocurrido sino en qué hemos de hacer para que la siguiente vez, en esa situación, en lugar de realizar esa conducta se realice otra adecuada. Hay que averiguar qué forma comunicativa, social o de control de su entorno necesita esa persona en concreto.

Estos enfoques constructivos, proactivos, tienen más eficacia que las acciones reactivas, las realizadas para parar la conducta una vez que ya se ha desencadenado. Obviamente hemos de tomar decisiones consensuadas sobre nuestra respuesta a una conducta de agresión, por ejemplo, de modo que paremos el riesgo de mayor daño, pero nuestras respuestas han de respetar absolutamente la dignidad y la integridad de la persona, retirando drásticamente prácticas aversivas o respuestas de descontrol emocional. Hemos de entender que esa respuesta ante una situación de crisis conductual es meramente coyuntural.

La verdadera intervención viene de la mano de la construcción de habilidades comunicativas y sociales, de la construcción de entornos previsibles e informados, entornos psicológicamente comprensibles. Además que conseguir un diagnóstico cerrado es un proceso largo, este síndrome supone un agravio económico bastante importante. Normalmente los mayores de 7 años de edad terminan los tratamientos de atención temprana y carecen de asistencia específica. Se presupone que sus necesidades quedarán cubiertas en el entorno escolar así que sus terapias individuales, talleres de habilidades sociales y demás acaban siendo costeados de forma privada en todos los casos.

Los colegios no están preparados para asumir las necesidades educativas especiales de estos estudiantes y los padres vienen costeando el servicio, de su propio bolsillo, desde el mes en el que el niño/a cumple los siete años en adelante. Muchos de los muchachos y muchachas acuden a terapia, a centros de atención temprana, a talleres específicos, a la consulta de psicopedagogos, etc. y todos esos servicios son completamente privados (salvo contadísimas excepciones).