23/1/11

Tal vez es así como un Asperger ve el mundo...

El tiovivo:
No recuerdo cuándo fue, la verdad, pero me subí en una plataforma hace años, siglos tal vez, o me subieron a ella (mi memoria no alcanza tan atrás). Tiene la forma de un podio individual, muy estrecho, con cabida para una sola persona de pie. No te puedes sentar cuando estás sobre ella y tampoco puedes bajarte.
Todo este tiempo que he estado ahí subida he gozado de una perspectiva privilegiada de lo que me rodea ya que todo lo tengo al alcance de mi vista. Me gusta observar a mi alrededor y fijarme en los detalles, en los cambios, y analizar cuántos y por qué se producen.
La plataforma está ubicada en el mismo centro de un tiovivo lleno de colores y luces (centenares de bombillas encendidas) que nunca frena del todo. Siempre está dando vueltas, girando una vez tras otra. A veces tarda mucho tiempo en dar una vuelta completa y otras veces gira a muchísima velocidad a mi alrededor. Veo cómo se hace de día y cómo anochece y de nuevo amanece, un día tras otro, y nunca deja de dar vueltas. Y yo lo observo todo desde mi tribuna, viendo cómo los caballitos, las cestas, las luces y las guirnaldas giran y giran.




El tiovivo es siempre el mismo pero las luces y las banderitas que lo decoran a veces cambian. Me sorprende que sean de un color en una vuelta y de otro color diferente en la siguiente pero he de reconocer que se producen cambios, a veces muy leves y casi imperceptibles, y otras veces brutales, que hacen que se me antoje que me han trasladado al centro de otro tiovivo diferente.
Hay gente que sube y baja de la atracción estando en marcha. Si presto atención puedo oír sus voces fundiéndose unas con otras, incluso sus risas y las quejas porque el ticket para subirse cuesta más caro de lo que pensaban. Hay quien da una vuelta y se baja, y desaparece, y hay quien aguanta varias vueltas consecutivas. Estos últimos suelen marearse y acaban vomitando en el suelo del tiovivo. A los unos y a los otros les veo subir, girar a mi alrededor montados en un caballito de madera tallada, que sube y baja ensartado en un bastón de colores. Me doy cuenta a veces de cómo me miran, casi siempre con cara de sorpresa, intentando imaginar quién soy yo y qué hago subida en una tarima observando desde el centro del tiovivo como giran y giran una y otra vez.
Suena música de fondo.
Cuando da vueltas muy rápido soy yo la que se marea, incluso si intento fijar la vista en un solo punto. Nunca para, jamás frena, reduce velocidad o la aumenta al ritmo de la música pero nunca está inmóvil del todo. Cuando consigo concentrarme yo me pregunto también quiénes son todas esas personas que suben y bajan, que se ríen y disfrutan dando vueltas. De dónde vienen. Dónde irán después. Qué estarán pensando mientras dan vueltas en la atracción de feria. Me pregunto si me conocen, si saben qué hago yo ahí, si sabrían explicarme la forma de bajarme, y si lo saben por qué no me lo explican.
Y al final tengo náuseas.

Sacha Sánchez-Pardíñez