28/12/10

La Adolescencia y el síndrome de Asperger.






Reproduzco un artículo de Barbara Fowler sobre Asperger y adolescencia, que compara el comportamiento de un joven neurotípico y otro que tiene síndrome de Asperger. Me ha parecido interesante. La traducción al español es de Ana G. Carbajal y lo he obtenido en la Federación Asperger:
   Tengo la suerte (o la desgracia, según como lo mires) de tener dos hijos entrando en la adolescencia al mismo tiempo. Mis hijos sólo se llevan 15 meses entre ambos; el mayor tiene Síndrome de Asperger. Hay una gran diferencia en la forma en que cada uno de ellos está enfrentándose a la llegada de la adolescencia.

 Joven de 17 años con Síndrome de Asperger
se pone a trabajar en un bufet de abogados
venciendo las dificualtades que se va encontrando
en el camino. Novela publicada en España
por la editorial Grijalbo

   Aunque veo que mi hijo menor está realmente disfrutando de un cierto grado de popularidad, libertad e independencia, aún demanda que se cuide de él en ciertas situaciones (no está aún lo bastante preparado para abandonar la niñez, pero está en ello).
   Mi hijo mayor (que siempre se pareció a Peter Pan) está teniendo grandes dificultades con esta etapa de su vida. ¡Parece estar luchando a cada paso del camino!



   Durante el crecimiento del vello, el cambio de voz y la aparición de las espinillas, mi hijo se quejaba amargamente de su pubertad, claramente sorprendido por los cambios que estaban produciéndose en su cuerpo. Nunca había sido consciente de su propia apariencia y no estaba especialmente preocupada por causar “buena impresión” arreglándose el pelo, vistiendo elegantemente o lavándose los dientes. Cualquier ruego por mi parte se encontraba siempre con el “bueno, al que no le guste lo que ve no tiene porqué mirarme”. Había desarrollado una cierta capacidad de menospreciar a su hermano, que se pasaba horas arreglándose frente al espejo.
   Lo bueno de la actitud de mi hijo hacia la última moda, es que sé que le dará igual. Tiene unos intereses definidos, y llevar ropa de marca no es uno de ellos.    Mi hijo pequeño, sin embargo, moriría antes de ponerse para ir al colegio algo que no llevara un nombre de una gran marca deportiva.
   La independencia parece ser un motivo de preocupación para mi hijo mayor. Da un paso para adelante y dos hacia atrás. Por ejemplo, debido a sus dificultades para ir de un sitio a otro, siempre le recogía del colegio o, hasta este año, tenía a un chico mayor que le acompañaba andando hasta casa. Este año, con su hermano menor en el mismo colegio, podían venir a casa andando juntos.    Este plan duró unos dos meses, entonces mi hijo mayor decidió que prefería venir a casa solo porque así llegaba antes y no tenía que soportar a la cantidad de gente con la que estaba su hermano. Después de un mes viniendo a casa solo, mi hijo decidió que en realidad no le gustaba hacerlo porque le asustaba que le atropellara un coche. Así que he vuelto a tener que recogerle del colegio cada día, y sé que algún día, cuando esté preparado para asumir la responsabilidad otra vez, me lo hará saber. El consejero escolar me advirtió que esto de “dar un paso adelante y dos atrás” es muy común entre los adolescentes y podía llevar todo un año el que mi hijo se llegara a sentir cómodo para volver andando a casa desde el colegio.



   La mayor dificultad para mi hijo mayor parece ser el hecho de que sus compañeros estén cambiando, y del mismo modo en que parece contento de aceptar los cambios en sí mismo, no le gustan los cambios en sus amigos. Cuando sus amigos traen sus “nuevas personalidades” lo encuentra muy confuso. Parecen diferentes, hablan diferente y actúan diferente frente a él. La adolescencia es a menudo el momento más difícil para un niño con Síndrome de Asperger, debido al hecho de que sus compañeros no están dispuestos a tolerar por más tiempo a alguien que parezca diferente. En un esfuerzo para ayudar a mi hijo a permanecer en contacto con sus amigos, el profesor de apoyo le permitió invitar a un amigo a la sala de Educación Especial a la hora del almuerzo para jugar a juegos de mesa, juegos manuales, etc. Esto resultó bastante provechoso para mantener a mi hijo relacionado con algunos amigos que ahora parecían tan distintos; yo apenas podía reconocerlos y eso que no tengo prosopagnosia, que provoca que mi hijo no reconozca a alguien si cambia su color o estilo de peinado, etc.
   Los adolescentes, debido a los desequilibrios hormonales, pueden desarrollar cambios de humor, depresión y ansiedad y yo sólo encuentro una diferencia con mi hijo menor. El pequeño nunca fue un niño malhumorado, siempre tenía una actitud positiva y una disposición animada, prefiriendo participar en la interacción social antes que en entretenimientos solitarios (es completamente diferente a su hermano). Desde que entró en la adolescencia, desarrolló perfiles de cambios de humor, volviéndose más cambiante y más propenso al enfado de lo usual. Mi hijo mayor siempre tuvo un carácter más variables, era cambiante y podía montar en cólera en un abrir y cerrar de ojos. Si hay algo en lo que haya mejorado en los últimos uno o dos años, cuando comenzó a desarrollar su independencia de “quién es”, es su malhumor.

Atículo original en inglés: Pincha para ver.








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La vida no resulta fácil cuando se tienen 17 años, pero lo es menos cuando, además de los problemas típicos de cualquier joven, se tiene una enfermedad tan poco conocida como el síndrome de Asperger, que impide a quienes lo sufren reconocer en los otros cualquier tipo de gesto o emoción. Para las personas con Asperger, distinguir el sarcasmo de la realidad es una ardua tarea y tampoco se les da bien relacionarse con los otros, dado que son incapaces de comprender sus emociones. Se sienten atraídos por todo aquello que conlleva orden y desconcertados ante lo caótico. Cuando este joven que ha vivido siempre en un ambiente de sobreprotección, decide empezar a trabajar en el bufete de su padre durante el verano, se abren para él todo un mundo de sensaciones desconocidas. Como dice el título de la obra, Marcelo ha llegado al mundo real y, con él, llegamos al mundo real todos los lectores. Página a página redescubrimos la realidad desde un punto de vista distinto a aquel que estamos acostumbrados. Volvemos a mirarlo todo con los ojos de un niño, que no entiende de ironías, de hipocresías, ni de ambiciones y , junto a Marcelo vamos cayendo en la cuenta de que, en el día a día, no siempre actuamos del modo más lógico o coherente y, por supuesto, no de la forma más sincera y desinteresada. Conforme avanza la trama, el lector comprende que pese a ser el que menos posibilidades tenía de hacerse un hueco en el bufete, pese a ser considerado por todos como la última persona al que había que dirigirse, Marcelo será el único en comprender que, a veces, la prosperidad y la riqueza, esconden grandes injusticias. Por eso se verá obligado a decidir si desvelar un secreto que haría que el bufete de su padre perdiese uno de sus casos o, por el contrario, traicionarse a sí mismo y callar, convirtiéndose de ese modo en cómplice de aquello que desaprueba.